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Emiliano Martínez Arriba mtnez arriba

Alfredo Martínez Arriba

Crónica sepia familiar · Martínez Arriba

Mi hermano Alfredo ha sido siempre, creo que lo mismo que yo, un pragmático. Esta aseveración no la digo a humo de pajas, sino que la puedo acreditar con hechos. Alfredo ha sido siempre una persona que se ha acomodado, aunque no estuviera de acuerdo con la situación, a cualquier circunstancia de las que le han sobrevenido en su vida.

Alfredo era un muchacho de los considerados como afortunados en aquel año 1942. Nuestros padres tenían un buen pasar, él estaba empezando a estudiar bachillerato, nuestra familia se codeaba con las familias de los menestrales de la ciudad. Cuando llegó la desgracia de la muerte de nuestra madre, Alfredo pasó a ser un criado medio-esclavo, en la huerta donde nuestros padres tenían intereses anteriormente. Ir a cuidar las vacas o los cerdos durante la mayor parte del día, y al volver por la tarde a ayudar a los albañiles, todo eso por un plato de comida, una cama en el pajar y disponiendo de un solo pantalón y una sola camisa. Esta vida la llevó durante dos años, hasta que los tíos Juan y Constancia, le libraron y lo absorbieron como un hijo más en su familia. Pues bien, Se puede decir que Alfredo se debió hacer muchas preguntas mientras pasaba por esta situación, pero desde luego lo que no hizo fue achantarse. Era un muchacho de diez años que se divertía mientras cuidaba los animales. Más de una vez hizo entrar a las vacas en el río para reírse viéndolas nadar torpemente en su intento de salir cuanto antes del agua. En ocasiones competía con el cuidador de cerdos en ver quien conseguía que saltaran mejor al agua desde un ribazo, si las vacas o los cerdos.

Ya se le habían olvidado aquellos tiempos en que recorría las calles de Mérida con sus amigos, Manolo, Benito (el de Casa Benito de la Guía Michelín), y otros, apedreando perros y jugando a toda clase de juegos de la época, “dola”, a la “toña”, a las canicas. En una ocasión estaban jugando a la “toña”, y pasó una joven que dio un puntapié al trozo de madera que se golpea, Alfredo no lo pensó dos veces, cogió una piedra y se la lanzó con su habitual puntería, era uno de los mejores. La piedra golpeó en la cabeza de la joven, que empezó a sangrar en abundancia. Alfredo, como era su costumbre cuando hacía alguna que él sabía que le podía suponer recibir algún correctivo inmediato, se fue corriendo a casa. Al rato le llegó a nuestra madre la madre de la joven con la queja por la pedrada recibida por su hija, pero, sobre todo, lamentando que al día siguiente su hija se iba a casar y tendría que ir a la ceremonia vestida de novia pero con la cabeza vendada. Como en realidad fue.

Como el jardinero municipal, el señor Baladés si no me equivoco, le había hecho algo que él consideró como una faena, un día arrambló con todas las flores del jardín que hay delante del Parador.

Eran muchas las veces que nuestra madre tenía que intervenir ante las quejas que recibía de las madres de otros muchachos por las palizas que recibían de Alfredo. Pero para nuestra madre todo eso no era nada, porque su Alfredo era el muchacho más listo de todo Mérida. Con siete años las monjas ya le tuvieron que pasar a la clase superior, aunque solo era de niñas. Al año siguiente ya tuvo que ir a recibir clases individuales porque las enseñanzas que se impartían en los curso del colegio ya las tenía superadas.

Esta es otra de las cualidades a considerar en los descendientes de Esteban Arriba, su coeficiente intelectual. Ya en los finales del siglo XIX, vivió un primo de nuestro abuelo, llamado Pedro Arriba, que destacó por su capacidad intelectual, a pesar de ser autodidacta. Estando guardando las ovejas como pastor por los montes de Soria, fue capaz de construir una máquina de calcular con juncos. Más tarde, vino a Madrid y estuvo trabajando con Torres Quevedo. En muy poco tiempo dominaba perfectamente el francés, como puede verse en un diploma que existe en Lumias (Soria). Hace unos años estaba en casa de la tía Eusebia. Que los genes influyen en la capacidad intelectual es perfectamente demostrable en el caso de nuestra familia, ya que cada uno de mis hermanos y yo mismo, hemos vivido en ambientes y con educaciones totalmente diferentes, y, sin embargo, nuestro desarrollo intelectual y los resultados de nuestras capacidades han sido parejos, por encima de la media.

Si Alfredo hubiera sido niño en esta época habría sido considerado como un superdotado, en la que le tocó vivir lo que hizo fue aprovechar su capacidad para, con pocas oportunidades, obtener tan buenos resultados como otros que dispusieron de las mejores ocasiones.