Pedro Herrera García
Crónica sepia familiar · Herrera Aceituno
En la vida se relaciona uno con innumerables personas, y la mayor parte pasan por tu lado o se mantienen durante tiempo en tu entorno, sin que cuando ya han desaparecido de tu círculo y el tiempo ha cubierto de hojarasca tu pasado, quede ni un solo recuerdo, a veces ni siquiera el nombre, o la memoria de sus rasgos. No es este el caso de mi queridísimo primer suegro (padre de Consuelo), Pedro Herrera García. Así como la mayor parte de las personas, como he dicho anteriormente, no dejan en tu recuerdo ni siquiera el de su nombre, hay otras, y Pedro es una de ellas, que te marcan con una señal indeleble, que hace que por mucho tiempo que transcurra desde su desaparición física, se mantenga su imagen, sus gestos, sus hechos, en suma, toda su enorme personalidad de buena gente no solo en la memoria sino en el pensamiento diario. El poeta decía, “No moriré del todo”, y ciertamente, nadie muere del todo mientras se mantenga en el recuerdo y en el corazón de aquellas personas que le han conocido.
Pedro no fue en su vida ningún hombre ilustre, ni sabio, ni siquiera instruido en el concepto que se puede entender este término. Aprendió a leer en hojas de periódico atrasados que llegaron a sus manos a los doce o trece años, mientras estaba guardando cerdos en las dehesas cercanas a su pueblo natal, Oropesa de Toledo. Esa fue su escuela, y las preguntas que le respondían cuando tenía dudas sus compañeros mayores, en los tiempos en que estaba de aprendiz de carbonero en los montes de Toledo. Tampoco fue Pedro un hombre rico en bienes materiales, vivió y murió manteniéndose en niveles un poco más altos que los mínimos de subsistencia, pero sin tener la mayoría de los lujos que tan imprescindibles nos resultan hoy en nuestra sociedad de consumo. Era su familia, una familia de labradores asalariados, que no poseían tierras, y que se dedicaban a emplearse en aquellos oficios, siempre humildes y trabajosos, para poder conseguir lo mínimo para mantener una prole habitualmente bastante numerosa. Eso es lo que Pedro no era, pero Pedro si que fue UN CABALLERO de los pies a la cabeza. Yo he conocido pocas personas con esa bondad natural que derramaba por donde llegaba, esa cualidad de considerar a todas las personas buenas, de siempre pensar que si alguien había hecho algo que parecía malo, probablemente fuera por razones que no se nos alcanzaban. Ese aceptar las decisiones de los demás sin poner en tela de juicio sus buenas intenciones; ese admitir y perdonar cualquier ofensa que se le hubiera inferido, porque seguramente habrá sido sin intención de molestar.
Ese fue Pedro Herrera. El hombre que cuando murió su hija Consuelo, no tuvo ningún reparo, a pesar del rechazo del resto de la familia, en aceptar a su yerno (viudo de su hija), como el hijo suyo que hasta entonces había sido y aceptar su nuevo matrimonio, porque para él era una forma de mejorar y afianzar la vida de sus nietos, y que cuando nació Maria del Mar, hija del segundo matrimonio de su yerno, no dudó en considerarla como nieta suya, hasta el punto de incluirla en su libretita de recuerdo de cumpleaños y acontecimientos familiares.
Y después de este inicio de reconocimiento del personaje, voy a hacer una pequeña reseña biográfica y anecdótica para que se mantenga en el recuerdo de sus descendientes, eso considerando que estas líneas sean leídas por alguien con el cariño con que son escritas.>
Pedro Herrera y su hija Consuelo en 1965 en el almacén de carbón donde hacia de guarda el domingo. Con traje de faena y orgulloso de su hija.
Pedro Herrera nació en Oropesa de Toledo el 11 de Julio de 1909, hijo de Pedro Herrera y de Ricarda García. En mis conversaciones con él nunca llegué a tener información sobre sus padres y el resto de sus ascendientes. Sí conocí a sus hermanos, Amador, Teodora y Manolo, pero de una manera superficial, así como a sus sobrinos. Sé que su hermano José, gemelo de Manolo, murió en los años 30 durante la guerra, pero desconozco en qué circunstancias.
La niñez de Pedro transcurrió, como he dicho antes. En cuanto tuvo ocho o diez años, cuidando cerdos y haciendo carbón. Recuerdo que me contaba algunas anécdotas que le hacían reír, con su risa franca, y que demostraban que no tenía ninguna amargura por haber pasado una infancia tan desprovista de lo más necesario para un niño.
Con ocho años estaba dedicado todo el día al cuidado de una piara de cerdos, lo que resultaba sumamente aburrido; pero, entre otros muchachos que como él se pasaban el día cuidando a los animales propiedad de la familia, idearon una forma de diversión que, les causó algunos problemas. Por la zona donde pastoreaban sus cerdos discurría un río, creo recordar que le nombraba río Peñitas, en la orilla por donde ellos andaban había un tajo de unos dos metros hasta el agua, y el río hacía un meandro hasta que volvía a remansarse y a reducir su profundidad unos metros más adelante. A los mocetes no se les ocurrió otra cosa que establecer un concurso de salto entre los cerdos de las diferentes piaras. Les hacían saltar desde la orilla y luego se acercaban a recogerlos hasta donde venían nadando agotados. Todo esto acompañado de grandes risotadas y bulliciosos signos de regocijo. Pero la mala fortuna hizo que con los remojones algunos cerdos enfermaran, y allí llegó la ira del amo cuando se enteró del desaguisado en forma de vara de medir costillas y de algún que otro cachete a los participantes en el evento.
A Pedro siempre le gustaron mucho las guindillas, y casi siempre se acompañaba con una en las comidas. Y lo cierto es que no sé como no las aborreció. Cuando tenía trece o catorce años y estaba con los carboneros en el monte, por alguna circunstancia de buscar algún nido o algo similar había dejado abandonado el horno de carbón, que estuvo a punto de echarse a perder. El encargado estaba echándole la correspondiente filípica dentro del chozo que les servía de abrigo en el monte, y a Pedro no se le ocurrió otra cosa que empezar a comer guindillas. Como la bronca duraba ya un poco de tiempo, el mozo debía andar ya por la sexta guindilla, hasta que ya no pudo mas y se tuvo que salir al aire libre y abrir la boca al relente de la noche para refrescar las papilas de los ardores del picante.
En el principio de los treinta y gracias a la ayuda de algún conocido logró ingresar en la Guardia de Asalto y poco después se casó con Piedad Aceituno Jiménez, natural también de Oropesa de Toledo, de la que era novio desde que eran chavalines. Tuvieron un hijo varón, Pedrito, que debió nacer sobre el año 1935. Llegó la guerra y Pedro, como guardia de asalto tuvo que ir a los diferentes frentes para defender la República. Como consecuencia de las penurias de los años de guerra, murió su hijo, y Piedad entró en un estado de locura que no le abandonó en el resto de su vida. Posteriormente tuvieron cuatro hijas, Piedad, Consuelo, Trinidad y Carmen.
Al terminar la guerra volvió Pedro a casa sin un rasguño, bueno, miento, sí trajo un rasguño importante. Estaba en el Alto del León, hablando con unos compañeros. El frente estaba totalmente tranquilo; de repente algo le golpeó a Pedro en la boca y le hizo escupir sangre y dientes rotos; una bala perdida se le había metido, ya sin fuerza, en la boca, según estaba hablando. Desde entonces y durante toda su vida tuvo que llevar una prótesis dental para sustituir los dientes perdidos en aquel incidente.
Pedro Herrera con su mujer su hija Consuelo y su nieta Raquel, en el cochecito su nieto David
Al terminar la guerra, como había estado al lado de los vencidos, fue depurado y procesado, y aunque no se le encontró ninguna causa que achacarle para su ingreso en prisión de acuerdo con las leyes del momento, le confinaron en arresto domiciliario, alegando que aunque no había destacado por nada punible “se le consideraba de ideas de izquierdas”.Como la Guardia de Asalto había sido disuelta, algunos miembros fueron admitidos en la nueva Policía Armada, no fue este el caso de Pedro que, debido a ese “de ideas de izquierdas”, quedó excluido. A la dificultad que existía en la época para encontrar trabajo se añadió la marca de depurado, así que mi buen Pedro sólo pudo empezar a ganarse la vida apaleando carbón en un almacén de los existentes en el Paseo de las Acacias, cerca de la Estación de las Peñuelas, y allí pasó ya toda su vida activa hasta su jubilación en 1974. Aunque hubo matices en el apaleo de carbón que realizaba. De Abril a Septiembre estaba en los almacenes del Paseo de las Acacias, y de Octubre a Marzo se encargaba de la calefacción del Banco Hipotecario en el Paseo de Recoletos. Como había que empezar a encender la calefacción todos los días a las 4 de la mañana, para que a las ocho en la entrada del personal del Banco estuviera a pleno funcionamiento, Pedro que vivía en el Paseo de las Delicias, cerca de Legazpi, tenía que llegar al Banco por sus medios, ya que a esas horas de la madrugada no había servicio de transporte público. Para su desplazamiento empleaba Pedro una bicicleta Orbea de paseo, que guardaba colgada en su habitación detrás de la puerta, y con la que subía todos los días desde Delicias hasta el Paseo de Recoletos, pasada La Cibeles; afortunadamente por la tarde a las ocho, cuando terminaba su jornada, todo el camino era de bajada. Este servicio de atención a la calefacción lo tenía que efectuar todos los días del año, incluyendo días como Navidad, Nochevieja o Reyes, pues en el mismo Banco tenían su domicilio el Director con su familia, para los que había que tener todos los días la calefacción funcionando. A pesar de esta esclavitud y de su trabajo penoso con el carbón, tan penoso que no era habitual que los trabajadores llegaran vivos a la jubilación, debido a las enfermedades que el continuo trato con el carbón y sus emanaciones produce en la salud de dichos trabajadores, nunca oí a Pedro ninguna queja por su mala fortuna o por el trato recibido por la sociedad y el régimen gobernante.
Pedro Herrera murió en Almería, donde se trasladó a vivir los últimos años de su vida con su hija pequeña María del Carmen, el 27 de Septiembre de 1994 a los 85 años de edad. Tuve la fortuna de pasar por Almería quince días antes de su fallecimiento y visitarle como despedida ya que se encontraba muy enfermo y debilitado. Asistí a su entierro y lloré su pérdida. Este hombre humilde dejó en mi una huella profunda, y me enseñó que en la vida no importa lo que hagan los demás, hay que hacer el bien prescindiendo de si recibes agradecimiento o rechazo. Descanse en paz.