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Emiliano Martínez Arriba mtnez arriba

La cabalgata de Reyes

Emiliano Martínez Arriba · Julio 2005

Relatos · Historias de Santamarca

Aquella mañana del 5 de Enero de 1944 habíamos tenido un hermoso despertar, como hermosos despertares habían sido todos los días de aquellas Navidades. Ya desde el día 25 de Diciembre, un grupo de hermanas jóvenes, y alguna no tanto, pero con espíritu de muchacha, entraban todas las mañanas en nuestro dormitorio, primera planta a la izquierda según se sube la escalera que esta justo en la esquina contraria de la portería del colegio, digo que entraban en nuestro dormitorio y nos despertaban tocando panderetas y zambombas y cantando villancicos:

Venid a Belén, a ver al Mesías
Venid a Belén, a ver nuestro bien
Ha nacido el Niño Dios
Venid todos a adorarle
Con cánticos y oraciones
Venid para festejarle

A sesenta años vista, no nos sería fácil reconocer en algunas de las ancianitas que en el verano de este 2005 han abandonado Santamarca, a aquellas monjas jóvenes que se empleaban a fondo con sus cantares, panderetas y zambombas en alegrar la vida a un grupo de niños huérfanos que habían sido encomendados a su maternal cuidado. Entre estas jóvenes hermanas se encontraba Sor Natividad García, quien en los años 50 marchó de misionera a la India y que después de cuarenta y tantos años de misionera ha vuelto a descansar a sus ochenta y tantos años en Santamarca, y a quien tuve la alegría de poder volver a ver, espero que aun por muchos años.

Y acompañando a las cantoras se presentaban las hermanas que habitualmente se preocupaban de ayudar a vestirse o vestían totalmente a los más pequeños. En los lavabos, teníamos como todos los días del frío invierno, agua caliente en cada una de las jofainas de lavabo para que no sufriéramos al lavarnos con el helor del agua que salía del grifo.

El resto del día fue el habitual durante las vacaciones: asistencia a misa, desayuno, recreo en nuestro patio, según se entra desde portería el de mas al fondo. En aquel tiempo el patio no estaba enlosado, tenía el suelo de tierra y en los laterales estaba plantado de acacias, que durante el invierno estaban completamente desnudas de hojas, pero que luego en primavera nos invitaban a comer su "pan y quesillo". Algunos de nosotros, los más cuidadosos, estuvimos ayudando a Sor Felisa Guembe a sacar las macetas al sol, poniéndolas encima del tejado de la calefacción, y las regamos con cuidado. Las macetas a que me refiero estaban habitualmente colocadas sobre unos maceteros de madera en los huecos de las ventanas del pasillo y en las esquinas, y eran coleos, begonias, aspidistras y algunas calas. Sor Felisa era una enamorada de las plantas y por lo que puedo recordar una experta en mantenerlas lozanas y hermosas. Nuestros juegos en los recreos eran los de aquellos años en que no disponíamos de juegos electrónicos ni gameboys, pero, sin embargo, teníamos una enorme imaginación y una gran capacidad de relación social y de grupo para jugar juegos colectivos como el cortahilos, el tin-pelota, el escondite inglés, lo que nosotros llamábamos “dola” (ya sabéis: tabaca, lique y culá), con las chapas: fútbol, carreras en circuito, etc…. en fin, que no nos aburríamos en absoluto.

Y con la comida, más recreo y otras actividades fue pasando el día y acercándose la tarde-noche de aquella víspera de Reyes.

La tarde del día 5 de Enero y la mañana del día 6 eran especiales. En la tarde del día 5 íbamos a la Cabalgata de Reyes que organizaba la Compañía BRESSEL por la barriada de la Cruz del Rayo, y en la mañana del día 6 podíamos ver lo que nos habían traído los Reyes. Lo cierto es que lo que nos traían eran unas peladillas, unos piñones, algunos higos secos, castañas y avellanas y quizás una peonza o una pirindola (Parece que se dice "perinola", pero yo aseguro que nosotros decíamos PIRINDOLA).

Al caer la tarde las hermanas nos pusieron guapos y nos llevaron a ver la Cabalgata de Reyes. Era ya noche cerrada cuando nos colocamos al borde de la calle para ver pasar el cortejo que formaban algunas carrozas montadas sobre camiones y algún tractor, y después los pajes precediendo y flanqueando a los Reyes Magos, y entregando juguetes a los niños. Los organizadores solían entregar vales a los niños pobres de la zona (que en realidad éramos todos) a canjear por juguetes en la propia Cabalgata, pero en el caso del Asilo de Santamarca entregaban a las Hermanas de la Caridad un vale para cada uno de los niños internos en el Asilo. Corría un frío vientecillo, pero ninguno de los que estábamos allí esperando teníamos frío, nuestras caras estaban mas bien sonrosadas y ardientes, y nuestros ojos estaban fijos en lo que ocurría en el centro de la calle. Aquella tarde yo había recibido, al igual que mis compañeros de colegio, mi vale y lo mantenía bien sujeto en mi mano metida en el bolsillo del abrigo. Me encontraba entre el público infantil embelesado, viendo desfilar los caballos hermosamente enjaezados, con alforjas llenas de cajas con juguetes; a su lado iban los pajes de los Reyes, con vestidos árabes brillantes, repartiendo sonrisas y entregando juguetes a los afortunados que presentaban en su mano el precioso vale que les hacia acreedores de un juguete. Como he dicho, yo estaba con mi vale esperando que se acercara un paje para entregárselo y recibir mi juguete, cuando, a mi lado, un niño de unos ocho o diez años me preguntó si yo tenía vale para juguete. Yo le enseñé orgulloso mi vale, y después volví mi atención al desfile que avanzaba. Llegó el momento en que el/la paje del Rey Melchor se acercó donde yo estaba en busca de niños que dispusieran de vales para entregarles su juguete, y yo ufano, metí la mano en el bolsillo del abrigo donde hasta hacía un momento estaba el maravilloso vale. Pero, ¡oh sorpresa!, el vale no estaba, había desaparecido. Vosotros creéis que habéis visto niños llorar, pues cualquiera de los casos que conozcáis eran sonrisas comparadas con las lágrimas que yo empecé a echar al notar la falta del necesario papelito. La paje del Rey Melchor, pues de una señorita se trataba, al ver mi desesperado llanto por la pérdida del vale, me cogió en brazos y limpiándome las lagrimas me dio un beso y me entregó un carro de madera con un burrito de cartón que llevaba preparado para el siguiente niño afortunado poseedor del codiciado papelito.

Aunque la necesidad hace a veces que cometamos actos que pueden considerarse como malvados, lo cierto es que a mi la lección que de verdad me ha quedado para toda mi vida ha sido el gesto de bondad de la paje del Rey Melchor, que tuvo corazón para hacer sonreír de nuevo a un desconsolado niño.

Aquella noche dormí como un bendito, supongo que reviviendo escenas de entregas de juguetes de los Reyes Magos. Mi queridísima Sor Felisa se había encargado, como solía hacer todas las noches, de ponerme en la cama una botella llena de agua caliente para que me calentara los pies, (privilegio que perdí ya explicaré como en alguna otra entrega de estas Historias), y mi carro de madera y mi burrito de cartón durmieron debajo de mi cama.