La cascada de Gujuli
Emiliano Martínez Arriba · Pozuelo de Alarcón · Mayo 2006
Relatos · Cartas desde mi retiro
Mi queridísimo hermano Conrado:
Y no dudo en llamarte hermano, ya que desde hace muchos años hemos compartido algo más que el espacio físico y, a pesar de los años de separación, se ha demostrado que nada había cambiado en el último viaje que hemos realizado a nuestro pasado.
Este último viaje me ha hecho recordar un episodio de nuestra niñez, que se había quedado olvidado entre los pliegues de la memoria, pero que, sin embargo, fue suficientemente relevante como para que se hubiera mantenido en la superficie del recuerdo.
Todo ocurrió el día en que el Hermano Angel Ros, C.M. se estampó de cara contra un haya, bajando en bicicleta a toda velocidad, por las suaves curvas de la carretera que va de Gujuli a Izarra. Bajaba como digo el Hno. Ros a toda velocidad, cuando alguien o algo le llamó la atención y volvió la cabeza para mirar, en ese momento la bicicleta le hizo un extraño y el haya se metió en su camino, al volver de nuevo la cabeza se encontró con el tronco del árbol y las consecuencias son de imaginar. Un labio roto, sangre por todos lados, búsqueda de un medio rápido de llevarle al hospital, etc. Lo cierto es que nos amargó el hermoso día de excursión que habíamos planeado. Por fortuna ya era el atardecer y el resto de los acontecimientos del día ya se habían producido, aunque quedaron sepultados por el desgraciado accidente. Para tu tranquilidad te diré que el Hno. Ros sigue con buena salud al cabo de los años, las últimas noticias que me han llegado, le colocan en el colegio que los PP.Paúles regentan en Baracaldo, aunque supongo que, dado su carácter aventurero y juvenil, habrá disfrutado durante su larga vida de bastantes episodios como el que protagonizó aquel día de Junio de hace cincuenta y tantos años.
Pero volvamos a situarnos en la mañana de aquel hermoso día. Tu te acordarás, ya que creo que formabas también parte de la partida. Habíamos salido del Colegio de Murguía después de haber oído Misa y haber tomado el desayuno. El cielo estaba limpio, y no sólo de nubes, sino también y principalmente de polución. Era una maravilla la claridad del aire en el valle. A media mañana apareció en lontananza una pequeña nube, y los conocedores del miniclima del valle anunciaron tormenta para la tarde. Estuvimos comiendo en una campa entre árboles cerca de Gujuli, y al terminar de comer nos dispersamos a jugar y a investigar por los alrededores. Yo estaba fascinado por la pavorosa hondonada que el arroyo Oiardo formaba cerca del pueblo, y junto a dos compañeros emprendí el descenso hasta el fondo de la cascada. La bajada fue fácil, ya que había muchos arbustos que nos ayudaban a sujetarnos para suavizar el descenso. En un momento estuvimos abajo y nos quedamos maravillados del espectáculo que ofrecía la cola de agua despeñándose desde mas de cien metros y zambulléndose en el laguito que formaba sobre las piedras, mientras levantaba un abanico de gotas que se columpiaban en el aire hasta que volvían a caer balanceándose sobre los arbustos y rocas del entorno. Mis dos compañeros se marcharon a curiosear río abajo, y yo me quedé sentado al lado del lago disfrutando del hermoso espectáculo. Estaba extasiado contemplando aquella maravilla, y preguntándome como era posible que un pequeño arroyo, con un caudal de menos de 400 litros por segundo hubiera sido capaz de erosionar de aquella forma el entorno hasta producir aquel enorme socavón. Había pasado un rato cuando me percaté de que no estaba solo. Sentado detrás de mi y un poco más arriba, estaba un muchacho algo mayor que yo que iba vestido con pantalones de pana y una blusa azul que llevaba ceñida por encima del pantalón; calzaba lo que en la zona llamaban unas zatas, calzado parecido a unas abarcas, atadas a la pierna por encima de unos calcetines de lana gruesa, que llevaba puestos por encima de los pantalones. Usaba una chapela negra grande, y en la mano portaba un cayado rústico. Sin darme tiempo a asustarme el muchacho que tendría unos dieciséis o diecisiete años me saludó:
- Egun on
- ¡Hola! ¿cómo estas?
- Ya lo ves, pues, aquí a atender las latxas (ovejas)
- Pues yo admirando esta maravilla que tenéis aquí.
- ¿Sabes como se hizo?
- Supongo que por la erosión del río a través de los siglos....
- Bueno, eso puede ser, pero aquí hay una leyenda que le da otro origen.
Y, a continuación, me contó lo siguiente:
"Hace muchos, muchos años, cuentan los viejos del pueblo, que vivía al borde del arroyo Oiardo una lamia, que viene a ser lo mismo que una ninfa, sólo que del folclor vasco, fea y con pies de pato. Se pasaba los días arreglándose delante de un espejo mágico al que le decía "diadema" y creaba una diadema, "agua de colonia", y la destilaba. Por aquellos alrededores, andaba casi siempre un muchacho que pastoreaba las ovejas de su padre. Un día, por casualidad, mientras la lamia estaba entretenida con su espejo, el pastor la vio y se quedo prendado de aquel objeto que solamente con pensar en un deseo lo cumplía. Durante unos cuantos días estuvo espiando a la lamia, hasta que un día en un descuido de la ninfa, le sustrajo el espejo. Por un tiempo, el ovejero fue el hombre más feliz del universo, cosa que se le ocurría, cosa que el espejo le concedía inmediatamente. Pero nunca la felicidad es completa en este mundo, un día en que estaba tumbado el pastor dormitando, a la sombra de un haya, a la vera del río Oiardo la lamia que llevaba tiempo buscando su espejo le descubrió, el pastor tenía el espejo pegado a los labios. "¿Quién eres?", le preguntó la lamia. Todavía medio dormido, el ovejero le contestó, casi con un suspiro: "Urjauzi". E instantáneamente se convirtió en el gran salto de agua de Goiuri (Gujuli), porque grande era su falta y porque urjauzi, en vasco, significa cascada"
En ese momento un relámpago rasgó el aire e inmediatamente restalló un trueno que nos hizo levantarnos asustados
- Y ahora vete para arriba lo más rápido que puedas, porque si no te vas a encontrar en apuros, y agur
me dijo el pastor.
Cogí el camino hacia lo alto, y subí en un Jesús, agarrándome a los arbustos. Cuando ya estaba coronando, empezaron a caer unos enormes goterones y en un momento el cielo pareció que se había abierto sobre nuestras cabezas. Volví la cabeza, pero ya no pude encontrar a mi interlocutor, que se había esfumado. En muy pocos minutos la cascada aumentó su caudal y del fondo de la hondonada empezó a elevarse una neblina cada vez más espesa. En las nubes que se formaron aparecían figuras y por un instante me pareció ver que él contorno de una de las figuras tenía un parecido asombroso con el pastor con el que había estado hablando unos minutos antes.
Después y cuando ya había escampado la tormenta y volvíamos calados a reunirnos con el resto de la excursión, fue cuando ocurrió el percance del Hno. Ros que he relatado al principio y que nos hizo olvidar todo lo demás.
Por cierto, me estoy dando cuenta ahora que el joven ovejero que estuvo hablando conmigo me dijo que se llamaba ¡¡URJAUZI!!
Yo de todas maneras, Conrado, creo que la cascada se produjo por la erosión de las aguas, y ¿tú?
Recibe un fuerte abrazo