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Emiliano Martínez Arriba mtnez arriba

La ilógica de una madre

Emiliano Martínez Arriba · Pozuelo de Alarcón · Diciembre 2006

Relatos · Historias de Santamarca

Como ya he remarcado en sucesivas ocasiones en nuestro Santamarca éramos una gran familia, con nuestras madres, nuestros hermanos mayores que nos venían a visitar los domingos y nos traían tebeos y chucherías. Recuerdo con especial cariño a algunos como, Carlos García Vao, Pedro Picazo, Mario, Gabriel, Iparraguirre, Pepón, Mateo Soler. A todos ellos gracias por haber endulzado y alegrado la vida a un grupo de pequeños muy necesitados de afecto.

Pero, aparte de los antiguos alumnos, también había una relación estrecha entre los mayores (diez, once años) que estaban en los cursos últimos de estancia en Santamarca y los pequeños (cuatro, cinco, seis años) que se estaban empezando a acostumbrar a su nueva vida en el colegio. Entre los mayores con los que yo me encontré estaba Alfredo Segura, un mozo de once o doce años, cuya afición a los pequeños animales le hacía llevar encima pequeñas culebrillas que había recogido en el campo, o alguna asustada lagartija que se acurrucaba en el forro de su bolsillo. Con este Alfredo Segura llegué a entablar una hermosa relación de hermano mayor-hermano pequeño, a partir de un incidente que sucedió a los pocos días de entrar yo en el colegio.

La hermana encargada de la clase de pequeños, creo que Sor Felisa Guembe, había tenido que ausentarse para atender algún asunto que requería especialmente su atención, y había dejado a Alfredo al cargo de la disciplina de la clase. Yo que era uno de los más pequeños debí hablar o hacer algo por lo que el cuidador me hizo salir delante de la clase, y una vez allí me mandó que me pusiera de rodillas. Yo, aunque pequeño, era un poco terco, y me negué a aceptar la humillación de ponerme de rodillas delante de toda la clase. Fue tal mi obstinación, que en un momento determinado y ante mi rotunda negativa a obedecer la orden, el cuidador me empujó en la espalda para que me arrodillara, con tan mala fortuna que, al no doblar las rodillas, caí a plomo de bruces al suelo, ya que ni siquiera intenté poner las manos para no chocar de cara contra el entarimado. El resultado fue que estampé la nariz en el suelo y empecé a sangrar abundantemente. ¡Qué susto para todos, especialmente para el cuidador! Con el revuelo que se armó, acudió sor Felisa, y pretendió indagar qué era lo que había pasado, pero yo me mantuve en silencio y en ningún momento acusé a Alfredo de haber sido el culpable de mi accidente. Desde aquel día Alfredo me tenía un especial cariño, y me permitía que formara parte de su grupo de más amigos.

Alfredo Segura tenía la habilidad de ser un gran narrador, y acostumbraba, junto con José Minguito, otro cuenta cuentos excelente, a aprovechar el ultimo recreo, antes de irnos a acostar, para, sentados en las escaleras del patio, en corro alrededor del narrador, contar mil historias, unas ciertas y otras muchas imaginadas que hacían volar nuestra imaginación por el mundo exterior y por el mundo de la fantasía.

Entre esas historias narradas por Segura me impactó especialmente la que a continuación relato:

“Alfredo, aunque era huérfano nacido en Madrid, había venido a Santamarca desde Mérida, donde los remolinos sociales que provocaron los años de la República y la posterior guerra civil, hicieron que recalaran sus padres, y donde se habian establecido con una churrería en la calle Félix Valverde Lillo. Allí nada mas terminar la guerra había muerto su madre a consecuencia de una enfermedad fulminante.

En los tiempos en que él recordaba su familia completa, acostumbraba Alfredo, a sus seis años a bajar hasta el río Albarregas a coger juncias para ensartar los churros. La gente cree que los churros se ensartaban en juncos, pero no, los tallos que mejor sirven para los churros por su flexibilidad y aguante son las juncias, que se distinguen de los juncos por ser mucho más planos y, como he dicho mucho más flexibles. Aquel día había bajado Alfredo como otros muchos al río, pero su madre, la Sra. Irene, le había obligado a que cargara con su hermano Cesar, de tres años, que se había empeñado en acompañarle. Llegaron los dos muchachos al borde del río, en una zona donde proliferaban las juncias, y Alfredo, olvidándose de la presencia de su hermano, se descalzó como acostumbraba y se metió entre las matas, perdiéndose enseguida de la vista de Cesar. Pasó un largo cuarto de hora, y el pequeño, viendo que su hermano no aparecía, cogió el borde del río y se volvió el solo para su casa. Cuando la Sra. Irene le vio llegar solo le preguntó dónde estaba Alfredo, y César sin dudarlo le dijo:

- No sé, creo que se ha ahogao, porque se ha metío al río y ha desaparecio.....

La Sra. Irene voló mas que corrió hacia el río con la angustia de no saber lo que podría haber pasado. Entretanto, Alfredo después de haber cortado con su navajita que le habían regalado por su cumpleaños, más de dos docenas de juncias, volvía feliz, por la orilla del río pensando en lo contento que se iba a poner su padre cuando viera el manojo de juncias que le llevaba, y sin pensar donde estaría su hermano, que había dejado al borde del río cuando el se metió. No llevaba andados más de doscientos metros cuando vio venir como una exhalación a su madre. Corrió hacia ella para darle un abrazo y cuando llegó a su altura con lo que se encontró fue con un bofetón que se estampó en su cara.

- ¿Porqué me pegas? ¡Si yo no he hecho nada....! – le dijo Alfredo

- Por eso, de contenta que estoy y por el susto que me has dado.

A continuación, le cogió en sus brazos y le llenó de besos, mientras a los dos les corrían. las lágrimas por sus caras.”

Cuando terminó Alfredo su relato, todos nos quedamos pensativos y suspirando, pues aunque sabíamos que en las hermanas teníamos un sustitutivo del cariño de nuestras madres, nos hubiera gustado que también a nosotros nos hubiera abofeteado y besado una sola madre, la nuestra.

Creo que aquella noche todos soñamos con abrazos y besos, por lo menos yo estoy convencido de que esos fueron mis sueños.