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Emiliano Martínez Arriba mtnez arriba

Acerca de mí

EMILIANO MARTÍNEZ ARRIBA · Pozuelo de Alarcón - MADRID

Como habrás podido comprobar por el nombre de mi sitio Web, mis apellidos son Martínez Arriba, y mi nombre Emiliano. Firmo mis cuadros como MTNEZ ARRIBA.

Nací en Mérida (Badajoz) en 1939. He empezado a pintar en Noviembre de 2002, y mi experiencia anterior en el arte pictórico ha sido ninguna. Pinto al óleo cuadros de los llamados "figurativos", (casitas, ovejitas). No sé si con el tiempo evolucionaré a realizar otro tipo de pintura pero creo que ya estoy muy duro para esos ejercicios.

La verdad es que mi afición por la pintura se manifestó a raíz de mi estancia en el hospital para intentar curar un cáncer de próstata con metástasis en vértebras que me ha cambiado totalmente la vida y yo no diría muy alto que para mal.

Cuando salí de los peores momentos y a instancias de la oncóloga que me atendió escribí unas notas sobre mi experiencia, que, por si pueden ser de ayuda para alguien transcribo a continuación.

YO TENGO "ESA ENFERMEDAD"

En el mes de Diciembre del 2001, yo tenía sesenta y dos años. Estaba jubilado desde los sesenta años, por la aplicación del derecho a la jubilación anticipada. Mi vida podría llamarse normal: levantarme a las 9,30 ó 10 de la mañana, desayunar, leer el periódico, asearme, y, dependiendo del día, dar un paseo o cumplir con mis obligaciones de recadero, al mercado o a cualquier otra gestión que fuera necesario hacer. (trabajo en bolsa y en I B M (léase "y veme")).Lo de levantarse a las 9,30 ó 10 es muy conveniente para los hombres, que, debido a su retiro del mercado laboral, han de pasar mucho tiempo estorbando en casa. Asimismo es muy conveniente, para evitar molestar demasiado a la señora de la casa, que ya tiene rutinizadas algunas costumbres de los tiempos en que el marido no paraba en casa casi nada mas que para dormir, adquirir algún hobby, bien para practicar en casa, o bien fuera de casa; esto hará que las posibilidades de roce por estorbo sean menores, y se mantenga por más tiempo la tranquilidad en el hogar. Después de comer mi costumbre, desde que no tenía obligaciones fuera de casa, era echar una siestecita, pero de las de orinal, palmatoria y gorro de dormir, como decía D. Camilo. Por la tarde ir al colegio a buscar a dos de mis nietas, y hasta las siete o siete media colaborar con mi esposa en el control y entretenimiento de las niñas, hasta que aparecían sus padres para llevárselas a su casa. Antes del 13 de Diciembre de 2001 yo era "un todo terreno" en mis capacidades físicas. Dos veces por semana iba durante una hora cada día (martes y jueves), a practicar en el Polideportivo Municipal una actividad deportiva conocida bajo el nombre de "ludosport". Bajo esta denominación un grupo heterogéneo de personas, hombres y mujeres de edades entre 18 y sesenta y dos años ( yo era el techo de edad), a las que les encanta hacer ejercicio, pero a las que no vuelve locas ni la disciplina ni la rutina del gimnasio y sus ejercicios tanto individuales como colectivos, nos divertíamos jugando "pachanguitas" de baloncesto, partidos a vida o muerte de fútbol-sala, enfrentamientos hasta el agotamiento de voleibol y otra serie de deportes tales como bádminton, indiaka y otros más desconocidos de los que no se mencionar ni el nombre. A pesar de mis sesenta y dos años yo era clasificado como un poco rocoso en los enfrentamientos "uno a uno". Asombrosamente en mis nueve años de participación en esta actividad únicamente tuve una pequeña lesión en los músculos serratos debido a un codazo involuntario de un contrario/a en una entrada a canasta durante una pachanga de baloncesto. Pero ese fatídico 13 de Diciembre de 2001, al terminar el partidillo de baloncesto, noté un dolorcillo continuo en la zona lumbar, que achaqué a un movimiento de torsión demasiado violento que me hubiera producido una pequeña rotura o desgarramiento muscular.

El día 14 por la mañana, después de haber pasado una noche toledana de dolor en el final de la espalda, me vi. incapaz de levantarme de la cama, hasta tal punto que mi esposa tuvo que llamar al médico de cabecera para que viniera a visitarme. Lógicamente, y a expensas de realizar algún tipo de pruebas, que determinaran a qué era debido ese dolor, que había aparecido de repente, mi médico me recetó un antiinflamatorio en pastillas, que me produjo efecto a las primeras dosis, y me permitió levantarme de la cama y realizar mis actividades normales. No obstante, me quedó un dolor continuado en la zona lumbar, que, aunque no me obstaculizaba para mi vida normal, no me permitía poder volver a realizar mi actividad deportiva como anteriormente. Como a perro flaco todo son pulgas, un mes exacto después cogí un resfriado-gripazo-trancazo, según parece producido por un virus que afectaba al estómago y a las vías respiratorias. Como resultado de dicho gripazo en una semana, del 12 al 20 de Enero perdí diez kilos de peso (era conveniente porque me sobraban de acuerdo con los estándares de sexo, edad, altura) y esta pérdida de peso se produjo a pesar de que ese día 12 de Enero dejé de fumar. Yo era un fumador compulsivo, que llevaba fumando desde los veinte años de forma continuada. Hubo algunos momentos de mi vida de fumador en que llegué a quemar hasta tres cajetillas de tabaco al día, algo así como sesenta cigarrillos, lo que equivale a un cigarrillo cada cuarto de hora, ya que en buena lógica hay que considerar como inhábiles para el cálculo las horas de sueño, que han sido ocho horas completas toda mi vida, sin interrupciones.

Así que, yo que un mes antes me encontraba en plenitud de facultades físicas, me vi. hecho una piltrafa, con problemas de respiración, sin capacidad de realizar ninguna clase de ejercicio, (hasta el pasear andando me cansaba). Lo único que sí seguía haciendo bien, a pesar de mi pérdida de peso, era el comer. Durante todo el proceso de mi enfermedad en ningún momento he perdido el apetito, ni el gusto para saborear una buena comida. A principios de Febrero fui al médico, a un médico conocido, para intentar reducir mis problemas respiratorios, el exceso de mucosidad en garganta y nariz, mi decaimiento total, pero dejando para posteriores visitas el dolor continuado, aunque no excesivo de mis lumbares. Hasta que llegó la mitad del mes de Abril; mi gripe, catarro o lo que fuera, seguía resistiéndose a cualquier tratamiento, y entonces, y casi de un día para otro, el dolor de mi espalda se convirtió en un dolor incipiente de la pierna derecha. Pensé en que ese dolor que parecía del nervio ciático ya era la declaración de algún pinzamiento sin más del nervio ciático. Mientras ese dolor no fue excesivo, según mi sentimiento del dolor, y dado que el catarro-gripe y sus efectos de mucosidades habían remitido, continué mi vida habitual excepto que seguía incapacitado para realizar mis ejercicios habituales y aún para andar un paseo largo.

Durante el mes de Junio de 2002 siguió incrementándose mi dolor de pierna derecha y mis dificultades para andar. Por la noche el dormir más de dos horas era un suplicio. Durante varios días, quizá semanas, estuve sopesando la idea de visitar al traumatólogo. El problema era que el traumatólogo de mi confianza, el Dr. Arias, había fallecido hacía muy poco tiempo en circunstancias un poco dramáticas, y yo, creo que como muchas personas, necesito tener confianza con la persona que va a tomar decisiones sobre cosas importantes de mi vida: salud, dinero, una nueva casa, un nuevo automóvil, para todos estos y otros muchos casos siempre procuro buscar que me lo gestione alguien que me inspire confianza. En el mes de Julio me decidí a ir, por fin, a un traumatólogo escogido de los que aparecían en la lista de mi sociedad médica.. Ya me encontraba en un momento en que los dolores eran insoportables, y hasta había tenido que dejar de conducir, necesitaba que alguien me llevara para ir a cualquier sitio. En la primera visita, y tras una somera prospección el doctor me mandó hacer unas radiografías en varias posiciones y una Resonancia Magnética. El día 24 de Julio de 2002 fui a que me hicieran la resonancia magnética, al terminar me indicaron que en una semana estarían los resultados. Apenas habíamos llegado a casa cuando recibimos una llamada. Era del Centro de Resonancias Magnéticas. Mi esposa cogió el teléfono, y le dijeron que dado que habíamos manifestado nuestra prisa en tener los resultados podíamos retirarlos esa misma tarde. Mi esposa se sorprendió ya que en ningún momento nosotros habíamos indicado esa prisa por los resultados, a lo que yo le dije que mi impresión era que la persona que había estudiado las placas de la Resonancia había visto algo que recomendaba actuar con urgencia, y por eso, y actuando con humanidad había decidido entregarnos cuanto antes los resultados, pues había visto algo que necesitaba ser rápidos en intentar atajarlo. Con los resultados en la mano, y dado que nos habían dado hora para la consulta del traumatólogo para el día 30 de Julio de 2002, nos fuimos el día 25 a la consulta de mi médico de cabecera, quien al ver el informe, con voz entrecortada, y dirigiéndose más a mi esposa que a mí dijo: "Parece que puede ser un tumor, en la zona de la próstata. Sería interesante que le viera el traumatólogo cuanto antes." En ese momento noté por primera vez el respeto de las personas a nombrar al considerado innombrable "CÁNCER", y por descontado mucho menos delante de la persona afectada. Mas adelante volvería a encontrarme en numerosas ocasiones con esa misma actitud.

Es cierto que yo conocía el cáncer desde mucho antes, mi primera esposa falleció, hace veinticuatro años, a los treinta y ocho años de edad, a consecuencia de un cáncer de mama, y yo estuve dentro del problema, pero como familiar. Es cierto que por una valoración de la situación que ahora considero equivocada, yo actué entonces como muchas personas de mi entorno, respecto a la enferma, intentando evitarle oír nada referente a la enfermedad temida y maldita, y procurando que no supiera, ni siquiera por los médicos que era lo que tenía. Recuerdo que cuando se le declaró una metástasis ósea con fuertes dolores de espalda, fui yo solo a hablar con el médico, quien me manifestó que no había solución conocida en aquel momento y que mi esposa no tenía más de tres meses de vida. Esa noticia no se la di a conocer a ninguna persona, menos que a nadie a la interesada. Ahora que soy yo el afectado considero que yo debo ser el primero en saber exactamente mi situación, mis expectativas de curación y cuales son las actitudes que debo tener para intentar vencer en esta lucha en la que estamos implicados todos: los enfermos, los médicos, los familiares y la sociedad. El día 27 de Julio, sábado, yo estaba en una situación de dolor que ningún calmante me lo reducía levemente más allá de media hora. Decidimos ir a urgencias, especialmente para que me controlaran el dolor. Es curioso pero en todo este proceso me ha hecho actuar y tomar decisiones más el dolor que cualquier otra manifestación de la enfermedad. A partir de mi entrada en urgencias del Hospital MontePríncipe todo empezó a desencadenarse con rapidez. Inmediatamente el médico que me atendió ordenó mi ingreso. Era la primera vez en toda mi vida que entraba en un hospital como protagonista, con derecho a cama, vía en vena y suministro de suero con otros componentes. Al poco rato de mi ingreso me visitó Pablo, médico internista, que, aun sin conocerle con anterioridad, me pidió y yo le di toda mi confianza, y él me brindó y yo acepté su trato sincero y humano. Para confirmar sus suposiciones, a partir de la información que había recibido de la Resonancia magnética que yo había traído, así como el informe preliminar del médico de urgencias, Pablo ordenó que me hicieran varias pruebas, entre las que estaba la determinación del PSA en análisis de sangre, una TAC, y una Gammagrafía ósea, además le pedí y él me habló abiertamente de sus suposiciones de que parecía que yo podía tener un tumor de próstata que, por no haberlo tratado a tiempo, se había escapado de la próstata y estaba afectándome a las vértebras lumbares y, a lo peor, a algunas más. Para reforzar el incipiente diagnóstico, contactó con un urólogo del Hospital para que me reconociera y, si lo consideraba oportuno, me practicara una biopsia de próstata, que confirmara o desmintiera dicho pre-diagnóstico. Las fechas en que yo fui ingresado, finales da Julio, con Agosto inmediato, vacaciones de la mayor parte del personal, actividad restringida, sobrecarga para los profesionales que asumen dobles y triples jornadas durante unos días, eran de lo más difíciles para realizar de forma rápida las pruebas necesarias para diagnosticar con seguridad y, de acuerdo con un diagnóstico fiable, iniciar lo mas rápido posible el tratamiento corrector del problema. Tengo que poner de manifiesto la rapidez con que los profesionales que me atendieron, me realizaron todas las pruebas necesarias, aun cuando para algunas hubo que contactar con otros centros hospitalarios que disponían de los instrumentos adecuados. El único punto negro, en todo este maratón, lo pusieron, como suele ser habitual, los servicios auxiliares, el servicio de ambulancias. Es indignante que en el punto y hora en que una persona necesita ser tratada con más delicadeza, como consecuencia de su estado físico y anímico, te tropieces con el cínico interés de los servicios auxiliares de la sanidad que hacen todo lo posible para destruir todos los efectos beneficiosos de la labor médica con unas prestaciones horrendas, creadas y establecidas solamente en función del beneficio económico y, en absoluto, considerando que están prestando un servicio humanitario. Las ambulancias normales de transporte de enfermos, (no entro a valorar las UVI porque no las disfruté), reúnen todas las condiciones para considerarlas como instrumentos de tortura para el paciente. Los vehículos son furgonetas de carga, sin ninguna mejora en sus suspensiones, de tal forma, que, al circular por las calles y carreteras normales, los botes y vaivenes que se producen en su interior más bien parecen de carro de transporte agrícola. En lo referente a la puntualidad en sus horarios, cuando no hacen esperar al enfermo una hora le hacen esperar tres, si tenemos en cuenta que esa espera se produce no sólo en sitios donde el enfermo puede estar relativamente cómodo acostado en su cama, sino que principalmente afectan a los viajes de vuelta, cuando el paciente se encuentra en el punto en que está recibiendo el tratamiento, y no dispone de su cama ni de ningún otro elemento de comodidad, sino que tiene que aguantar sentado/a en una silla, y sin disponer de ningún servicio que le ayude, mediante calmantes o de otra forma, a superar sus crisis de dolor, es de conciencia considerar que este servicio debe ser revisado a fondo desde la óptica médico-humanitaria del tratamiento a personas, que son los que tienen que sufrir estas deficiencias.

Durante el tiempo que tuvimos que emplear en estas pruebas, y considerando las fechas en que estábamos, desapareció por vacaciones mi amigo Pablo y apareció un ángel en forma de médico, Encarna. La simpatía, amabilidad, cariño y demás demostraciones de esta criatura hacia los enfermos rayan como he dicho en lo angelical, y conste que no hablo sólo por mi experiencia, sino que también me remito a informaciones recibidas de otros pacientes que son de mi misma opinión. Cuando dispuso de todos los resultados Encarna me dijo cual era el diagnóstico: Adeno-carcinoma de próstata GLEASON IV, en palabras más al alcance del profano, cáncer de próstata con metástasis que afectaba a las vértebras lumbar 5 y sacro ilíacas 1 y 2, además de iniciar un avance en la cadera izquierda. La confirmación de lo que yo ya suponía me dejó un poco anonadado, pero por poco tiempo. Después de desahogarme durante unos minutos, (llegué a llorar), me paré a pensar que tenía la gran ventaja de saber contra qué luchaba y de disponer de todos los medios para obtener los mejores resultados. Desde aquel momento pasé a los dominios de los oncólogos.

El primero en visitarme fue el Dr. G.R. Eduardo. Con gran amabilidad y corrección me explicó cual era la dolencia que se me diagnosticaba, (yo le había pedido que no me ocultara nada), y el tratamiento que consideraba más adecuado para mi situación. De esa primera conversación sacamos la conclusión de que mi situación era accidental y que si no se torcía el camino, en un plazo no muy largo me encontraría en posición de considerar mi enfermedad como un episodio en la lejanía de mi vida. La primera parte del tratamiento fueron unas sesiones de radioterapia. Al no disponer el Hospital MontePríncipe, entonces, de un Acelerador Lineal, tuve que desplazarme al Hospital San Francisco de Asís para recibir estas sesiones de radioterapia, diez sesiones en días consecutivos con traslado en ambulancia en las condiciones que he indicado más arriba, y justo en los días en que ponerme tumbado sobre la cadera derecha, o recibir un roce, (no digo nada de un golpe), en dicha cadera me hacía ver las estrellas. Y, justamente, en esos días y como consecuencia de la situación vacacional, desapareció Eduardo y apareció Maria. El primer día de transporte en ambulancia fue algo accidentado, una hora de retraso en el viaje de ida, (tenía hora de consulta a las diez de la mañana y llegamos a las once pasadas), y media hora de espera de la ambulancia para el viaje de vuelta. El segundo día el viaje de ida fue en su hora, pero el viaje de vuelta tuvo un "pequeño retraso" de TRES HORAS Y MEDIA. Aquello colmó el vaso de mi paciencia, y solicité a la Dra. María que me autorizara a realizar los viajes en automóvil particular, ya que me parecía que iba a ir más cómodo, como efectivamente ocurrió, y además no tendría que sufrir interminables esperas. Realicé un viaje en el coche de mi hijo, pero al día siguiente entró en escena la BUROCRACIA y sus implicaciones legales. Resulta que: puesto que estaba ingresado en el hospital, se consideraba que seguía ingresado si era transportado en una ambulancia, con todos los derechos, responsabilidades médicas cubiertas, y sobre todo salvada la responsabilidad del Hospital y de los médicos bajo cuyo cuidado estaba. Todo esto cambiaba si mi transporte se realizaba por medios privados, no sanitarios. Yo entendía perfectamente estas razones, pero, lo que no consideraba de recibo era que tuviera que sufrir innecesariamente el suplicio del transporte en ambulancia que ya conocía. La pobrecita María se encontró con un enfermo obcecado en no aceptar una situación para la que ella no tenía otras soluciones que fueran aceptables, y que además le echaba a ella la culpa de la situación y de que no admitiera el vehículo particular como solución. Al final, con la intervención del servicio de atención al paciente, se encontró la solución que hizo posible el no tener que sufrir la tortura del servicio de ambulancias. Y poco a poco, las relaciones con la Dra. María se suavizaron, hasta el punto de que yo creo que en este momento puedo considerarla dentro de los profesionales de mi completa confianza.

Mi estancia en el Hospital se prolongó durante todo el mes de Agosto. Fueron treinta y cinco días en los que no pude caminar. Hasta para ir al servicio tenía que ir en silla de ruedas. Como consecuencia de mi prolongada falta de ejercicio perdí por completo la masa muscular de las piernas, y tuve que realizar unas cuantas sesiones de rehabilitación y gimnasio cuando salí para mi casa, hasta que recuperé la movilidad y fortaleza perdida.

En los treinta y cinco días que estuve en el Hospital mi esposa no se movió de mi lado ni de día ni de noche. Bien es cierto que, cuando yo estaba mejorando, hubo alguna noche en que me las vi. y me las deseé para despertarla y que me ayudara a ir al servicio o alguna otra cosa que necesitara. En todo el tiempo que estuve en el Hospital no pasó un día sin que recibiera la visita de mis hijos, mis hermanos, algunos amigos y casi todos los días recibía las vitaminas de la visita de mis dos nietas Sara (5 años) y Nuria (3 años), que se dedicaban, al principio, a mirar al abuelo con extrañeza, sobre todo si estaba enganchado a algún suero o similar, pero rápidamente se animaban y había que recortar la visita para no convertir el Hospital en un circo. También estuvieron viniendo durante unos días mis nietas Irene (5 años) y Natalia (3 años), pero muy en contra de su voluntad no pudieron estar todo el tiempo que hubieran querido, ya que las obligaciones laborales de sus padres les reclamaban en Sevilla.

Me ha impresionado por que está escrito desde lo más hondo, y pone en letras de molde el sentimiento que creo nos embarga a todos los que hemos tenido la experiencia de padecer un cáncer, sea del tipo que sea, el artículo de Ana Palacio, titulado "Esa enfermedad", publicado en El País del viernes 4 de Abril, cuando dice:

" Porque vivir un cáncer es una aventura personal extraordinaria. Una experiencia a la vez íntima y social, que transforma radicalmente a quien pasa por ella. Disfrutar o padecer cada momento con la conciencia de su carácter único; enfrentarse al sufrimiento físico y psíquico confiando en que el esfuerzo merezca la pena; interiorizar la cercanía de la familia y los amigos de una manera imposible de imaginar en otras circunstancias; descubrir la solidaridad, la compasión en el sentido etimológico de padecer con...; todo ello produce una transformación interna que hace valorar la vida propia y ajena como el bien más preciado a la vez que el más frágil. Montaigne, en sus Ensayos lo expresó con una claridad y unaintensidad inigualables: "Hay que aprender a sufrir lo que no se puede evitar. Nuestra vida, como la armonía del mundo, está compuesta de contrarios, de diversos tonos, dulces y amargos, agudos y graves; ¿qué sería del músico que no apreciara sino uno de los tipos?, ¿qué podría expresar? Debe saber utilizarlos conjuntamente y mezclarlos. También nosotros debemos hacer lo mismo con los bienes y los males, que son parte integrante de nuestras vidas".

El cáncer es una experiencia fuera de lo común a la que yo como tantos otros, me he visto abocada tan involuntaria como súbitamente. Y que a nadie deseo. Pero el cáncer es también uno de los pocos viajes iniciáticos en los que es posible aventurarse en nuestra muy racional y organizada sociedad, en la que perdemos precisamente la conciencia de que la vida está tejida de fragilidad. Y no todos los Ulises logran alcanzar Ïtaca, y quienes pertenecemos a ese eufemísticamente denominado colectivo de alto riesgo somos plenamente conscientes de ello; pero tal es la esencia de la experiencia. El cáncer es recibir del Rey de los Vientos la bolsa que los contiene todos, excepto el que precisamente a la isla lleva. Es soportar soles abrasadores y tomar pociones mágicas en la esperanza de conseguir vencer a Circe. Es bajar a la morada de Hades.

Un viaje profundamente enriquecedor, que saca lo mejor de cada uno, que nos enfrenta a nuestros límites, los conocidos y los que nunca imaginamos, a nuestros temores y a nuestras creencias, a nuestras certezas y a nuestras dudas. La persona que resulta de este proceso es alguien distinto de quien lo inició. Al cáncer le es aplicable la bella metáfora que Jaime Gil de Biedmarefiere al envejecimiento:"Es igual que de joven / aprender a bailar, plegarse a un ritmo / más insistente que nuestra inexperiencia. / Y procura también cierto instintivo / placer curioso, / una segunda naturaleza".

Una segunda naturaleza en la que desde el sufrimiento propio es más fácil acercarse al ajeno; desde la conciencia de las propias limitaciones se observa el mundo con esa mezcla de empatía y desapego que llamamos lucidez."

Cuando, por fin, salí del hospital, o, como bromeando les decía a mis amigos y familiares más cercanos, "Cuando volví de morirme", y ya me acomodé en mi casa, me noté realmente como que empezaba a vivir otra vida. Ya no por la cantidad de cuidados con que tanto mi esposa como el resto de la familia me envolvía, sino por mis vivencias personales, que me hacían reencontrar en todos los momentos unos sentimientos mucho más profundos que antes de entrar en la enfermedad. Mis lecturas eran mucho más digeridas que en ocasiones anteriores, los pequeños detalles de la gente me afectaban y me hacían sentir de forma más profunda. Estoy convencido que a este cambio contribuyó, en parte la cantidad de química que mi organismo había absorbido, pero, por otra parte, el choque emocional que el conocimiento de mi enfermedad y sus posibles implicaciones supuso para mi psique, hizo que se cambiaran drásticamente los esquemas de mi captación del entorno respecto a mi vida anterior.

Desde entonces mi vida ha sido un continuo intento de mejorar física y anímicamente. He pasado de no poder andar a moverme normalmente, de controlar el dolor continuo con calmantes y otros compuestos a no tener que tomar ninguna clase de analgésicos, de un PSA de 496 en el mes de Julio 2002 a un PSA de15,75 en Abril 2003. A este cambio he llegado sujetándome de una "trenza" que ha sido el báculo de apoyo de todo mi esfuerzo contra la enfermedad. Esta "trenza" está compuesta por tres hilos que unidos entre sí forman el cable que te hace seguir unido a la vida y a las ansias de seguir viviendo.

El primer hilo, y sobre el que se trenzan los otros dos, lo compone el equipo médico que me ha tratado desde el principio, Ellos con sus conocimientos actualizados han sido capaces de emplear los instrumentos necesarios para emitir un diagnóstico correcto y asignar un tratamiento adecuado para conseguir el resultado de mejora y curación perseguido. Pero es que además este equipo médico ha sabido aunar un componente imprescindible para llegar al buen resultado, este componente es la humanidad y simpatía en el trato al enfermo.

El segundo hilo lo componen el conjunto de familia, esposa, hermanos, hijos, nietos y otros allegados y amigos. Este grupo ha sido capaz de sufrir conmigo durante los momentos más duros y de seguir demostrándome su cariño y ánimo para salir del atolladero. Sólo por no defraudarles valía la pena hacer un esfuerzo para recuperarme.

El tercer hilo ha sido mi Dios. Mi creencia en El ha hecho que todo este proceso haya pasado a ser una anécdota dentro del paso por este valle de lágrimas. Por otra parte me ha recordado, al acercarme de alguna forma al momento final, que es conveniente estar preparado de continuo para el examen final que puede llegar cualquier día.

Aunque aún no estoy completamente curado, creo que es cuestión de poco tiempo el que todo esto sea un recuerdo del pasado. Sé que he tenido mucha suerte de poder disponer de esta "trenza" de apoyo a la que me he referido, pero espero que a alguno de los que lean estas notas le pueda ayudar mi experiencia para superar o al menos paliar los sufrimientos que el cáncer, esa enfermedad, produce en los que la padecen.